19 agosto 2008

+ Arquitectura y cortesía+


La arquitectura moderna carece de decoración; la vida moderna carece de cortesía. ¿Existe alguna relación entre las dos?¿Empiezan las relaciones humanas a carecer de buenos modos cunado los edificios aparecen sin ornamentación? Veamoslo.


La arquitectura moderna es el reflejo de una filosofía de vida. La filosofía básica del mundo contemporáneo es el materialismo o negación del espíritu. Pero si no existe otro mundo por encima del que podemos ver, tocar y analizar científicamente, tampoco puede existir la ornamentación, porque la ornamentación es simbolismo, o comunicación de lo no material a través de lo material. La ornamentación implica otro mundo más allá de éste. El edificio de las Naciones Unidas y los nuevos que aparecen el la Avenida del Parque de Nueva York parecen cajas de zapatos alargadas sobre trípodes. Son puramente "funcionales", porque la única función de una civilización materialista son los negocios y el intercambio de las cosas de este mundo.



Cuando la civilización estaba impregnada de una filosofía más feliz; cuando las cosas que ven consideraban como signos y expresiones externas de las cosas que no se ven, se realzaba la arquitectura con mil decoraciones. Un pelícano alimentando a su cría con sus propias venas simbolizaba el sacrificio de Cristo. La leona alentando nueva vida a sus cachorros muertos, representaba la Resurrección. La zorra asomando su cabeza por una esquina era una advertencia contra las artimañas de Satanás. Nuestro Señor, con motivo de su triunfal entrada en Jerusalén, dijo que si los hombres mantenían sus alabanzas a él, las mismas "piedras hablarían", lo que en efecto hicieron las catedrales góticas. Hoy las piedras están silenciosas, el hombre moderno cree que no existe otro mundo ni otro destino que el de las mismas piedras.



Cuando se pierde la fe en lo espiritual, la arquitectura no tienen nada que expresar o simbolizar. E igualmente, cuando los hombres pierden la convicción de que están dotados de un alma inmortal y que, por consiguiente, vale más que el universo, se produce, naturalmente, una disminución del respeto hacia lo humano. El hombre sin alma es una cosa, y una cosa es para ser usada, no para ser reverenciada. Se convierte en "funcional" como un edificio, una llave inglesa o una rueda. La cortesía, la urbanidad, la gentileza y el trato amable que un mortal debe debe tener para con otro se pierde en cuanto que ya no se considera al hombre como portador dentro de sí de la Imagen Divina.


La suprema dignidad de la persona humana, que es el fundamento de la democracia, es también el fundamento de la cortesía, pero cuando el hombre es una herramienta, no un poco menos que los ángeles, las relaciones humanas carecen de cortesía como el edificio de las Naciones Unidas de ornamentación. Lo que la decoración es para el edificio, la cortesía es para la vida. Un signo y un símbolo de que hay más de lo que se ve y que tras todo intercambio de relaciones humanas va imperceptiblemente ligado un amor que es el reflejo del Amor Divino. El nombre de un amigo pronunciado con reverencia y afecto, es como una piedra de una catedral cantando la gloria de Dios. La urbanidad y el refinamiento sólo pueden florecer cuando existe el sentido de la santidad de la personalidad.


La cortesía no es la condescendencia de un superior con un inferior o un interés autoritario en los asuntos ajenos. Es el homenaje del corazón a la santidad del valor humano. De gracia a la conversación, como el tono de la voz, los ademanes, la respuesta de los ojos y la donosura de los actos revelan que nos dirigimos a alguien con un destino inmortal y por quien Cristo murió. La cortesía nace de la santidad, como la ornamentación nace del sentido de lo santo. Esperemos y veamos si cuando la ornamentación vuelva a la arquitectura, la cortesía vuelve también a los modales.



Tomado del libro "Reflexiones para la vida diaria", de S.E.R. Mons. Fulton J. Sheen (1895-1979), Arzobispo de Nueva York.



Nichán Eduardo Guiridlian Guarino
contacto@juventutem.com.ar

16 agosto 2008

+ Un "documento sufrido"+




Hace 40 años Pablo IV publicaba la encíclica Humanae vitae, donde nos recuerda el juicio moral de la Iglesia sobre la regulación de la natalidad.


"Un documento sufrido", dijo el Papa al referirse a su encíclica Humae Vitae, la cual se daba en uno de los momentos que definían su pontificado", porque era "imprescindible para la defensa de la vida humana" (29 de junio de 1978).

Cuando el hoy Pontífice Joseph Ratzinger tuvo que hacer su presentación, dijo que la única culpa de Pablo VI fue haber tenido "una idea demasiado grande del ser humano" (1968).


Motivaciones de la Encíclica

¿Por qué Pablo VI, escribe la Humanae vitae? Era el verano del 68 europeo, en el que sonaban los gritos de liberación sexual, en el Mayo francés, y el rugir de las armas revolucionarias que atropellaban naciones enteras. Mientras el Club de Roma organizaba estrategias para combatir la supuesta futura "superpoblación empobrecida" en el mundo, la ONU reconocía la planificación familiar como un derecho humano, pero en el contexto de la difusión de la "pastilla anticonceptiva", descubierta por Gregory G. Pincus unos años antes.

Pablo VI, con su valiente documento, quiere ofrecer a los esposos un secreto: "los principios de la paternidad consciente y éticamente responsable, iluminados por la lectura inteligente y respetuosa de la naturaleza humana, en las sabias leyes del obrar humano".

La encíclica no fu preparada para ser recibida y fue poco difundida después de publicarse. En el contexto del Concilio Vaticano II, algunos crearon falsas expectativas respecto de la moral sexual. Se decía, por ejemplo, que la Iglesia estaba por cambiar su doctrina de la moral conyugal y que el uso de pastillas anticonceptivas para evitar los hijos no iba a ser considerado pecado. Después de la publicación de la encíclica Humanae vitae, algunos teólogos dijeron que Pablo VI no era fiel al espíritu de la nueva moral enfocada por el Concilio, y que volvía a antiguos parámetros ya abandonados en la Iglesia. Otros dijeron que todavía no era una palabra definitiva.

Por otra parte, muchos episcopados hicieron cartas pastorales para sus naciones en las que explicaban los argumentos de la encíclica. También los teólogos, quienes estudiaron el tema a fondo, confirmaron que esta enseñanza de la moral conyugal era la que siempre había enseñado la Iglesia y también el Concilio Vaticano II (cf. Gaudium et Spes, nota n.14).
En el reciente congreso de los 40 años de Humanae vitae, el papaBenedicto XVI dijo que la doctrina moral del Concilio no se contradice con la encíclica de Pablo VI(Sala Clementina, 10 de mayo de 2008).

"Lo que era verdad ayer sigue siéndolo también hoy. La verdad expresada en la Humanae vitae no cambia, más aún, precisamente a la luz de los nuevos descubrimientos científicos, su doctrina se hace más actual e impulsa a reflexionar sobre el valor intrínseco que posee", acaba de decir el Papa.

¿Cómo hay que leer la encíclica? La clave de interpretación de la Humanae vitae es el amor. El amor matrimonial para ser verdadero debe ser respetado en todas sus dimensiones: humana (sensible y espiritual), total, fiel, exclusiva y fecunda (nn. 8-9).

Para entender bien la paternidad responsable se nos pide no separar el amor de la fecundidad (nn. 10-12). Si los esposos se aman y se manifiestan sensiblemente el amor, no pueden positivamente obstaculizar las posibles consecuencias de la procreación (n. 14). Si no están en condiciones de traer un hijo, los actos conyugales deben limitarse a los días en los que la naturaleza los hace infecundos (n. 16). Esta es la libre opción del amor y no la determinista indicación biológica. La naturaleza tiene sus leyes, pero es la persona quien las elige.
Profundicemos en esto. A los hijos hay que traerlos por amor, y por tanto los esposos deben tener relaciones conyugales con amor. Hay que buscar el momento donde la relación conyugal sea respetada en todas sus dimensiones.. Por ejemplo, si los esposos están enemistados, deben encontrar en el diálogo el perdón y la reconciliación. Quizás no sea el momento de demostrarse el afecto con un signo capaz de engendrar vida.

El Creador hizo a la mujer con una fertilidad cíclica y no constante, como el varón. Cuando los esposos, por motivos serios, no pueden traer un hijo, limitan sus relaciones conyugales a los días infértiles y se abstienen en los días fértiles (HV N.16). Cualquier mujer puede conocer con certeza sus cambios hormonales y saber cuándo es fértil. También el esposo debe conocer estos ritmos, para no violentar los tiempos de su esposa y saber esperar con afecto sereno.

El amor conyugal que se cierra a la vida pierde un dimensión esencial. No está diciendo la Iglesia que hay que tener tantos hijos como permita la naturaleza. Hay que tener hijos responsablemente y con generosidad.

Pero hay una diferencia esencial entre usar anticonceptivos y abstenerse en los días fértiles. Usando anticonceptivos, los esposos se hacen dueños del cuerpo y de sus ritmos. El cuerpo pasa a ser algo dominado por la propia voluntad. Así la vida moral pierde objetividad y se vuelve subjetivista e individualista. Respetando los ritmos de fertilidad, se respeta el orden del Creador. En los días infecundos, la naturaleza no permite concebir, pero no los hace infértiles la voluntad humana. La moral es objetiva y asume respetuosamente los mandatos del Creador.

Los caminos condenados por la encíclica como vías de control de natalidad son: el aborto, la vasectomía, la ligadura de trompas, el preservativo, las inyecciones, las pastillas, DIU, espermicidas, capuchón cervical, diafragmas, duchas vaginales, Nort Plant, y todo aquello que se pone libremente para impedir las posibles consecuencias de la procreación (n.14), incluso la interrupción del acto conyugal con el mismo fin.

El tiempo va dando la razón a Pablo VI, quien ya advertía sobre las propuestas facilistas y engañosas del amor humano (n.17), particularmente frente a los adolescentes. Benedicto XVI nos dice que "la doctrina contenida en la encíclica Humanae vitae no es fácil".

Pablo VI advirtió (n.17): a) "el uso generalizado de la anticoncepción llevaría a la infedelidad conyugal y a la degradación general de la moralidad". Sin ser la única causa, sin embargo hay que admitir que el acceso fácil a una "anticoncepción segura" favoreció la revolución sexual. b) "El hombre perdería respeto a la mujer". La pastilla fue vista como una liberación femenina, pero favoreció la agresión masculina. Pablo VI rechaza la explotación sexual de la mujer, y las feministas no se sienten respetadas por la encíclica...c) La anticoncepción sería "un arma peligrosa en las manos de autoridades públicas despreocupadas de la exigencias morales".

Hoy las políticas de control demográfico son parte integrante de casi todos los debates sobre las ayudas a los países extranjeros, y la reducción de la natalidad en el tercer mundo está más centrada en el dominio y poder, que en las soluciones demográficas. d) La anticoncepción llevaría a los seres humanos a creer erróneamente que tienen un señorío ilimitado sobre su cuerpo". Para los ideólogos de la anticoncepción, la fertilidad es como una infección que se debe combatir. ¿No continuará esa actitud cuando falla la anticoncepción? Las motivaciones de la anticoncepción y el aborto tienen el mismo hilo conductor.

La antropología que sustenta la encíclica está escrita en "positivo" y por eso es "fecunda": el cuerpo es bueno, la sexualidad es un don de Dios, los esposos se complementan, los catos conyugales son un bien para los esposos, si son sinónimo de amor. Es un canto a la vida, porque la apertura a un nuevo hijo los hace capaces de participar con Dios de la creación, se alienta a la familia generosa y engendran para el cielo (nn. 7-12). Las naciones que más crecen demográficamente son los países de mayor proyección económica.

Los que escriben en "negativo" son los que esterilizan, inhiben la ovulación, impiden el contacto de los cuerpos con un caucho, no dejan anidar el embrión y lo matan. La que más lo sufre es la mujer. Vacían escuelas, bajan la natalidad, envejecen la población y empobrecen los países. ¿Pueden dar un mensaje más "estéril" los que protestan en contra de la "sexualidad reprimida" de la Humanae Vitae?Alentamos la lectura atenta de esta corta pero significativa encíclica.
Terminamos con las palabras del Papa: "Cuarenta años después de su publicación, esa doctrina no solo sigue manifestando su verdad; también revela la clarividencia con la que se afrontó el problema" (10.05.08).

Pbro. Dr. Jorge A Gandur, con la colaboración del Pbro. Lic. Oscar Bourlot
Publicado en el Semanario Cristo Hoy

Encíclica Humane vitae, de S.S. Pablo VI:

Nichán Eduardo Guiridlian Guarino

14 agosto 2008

+ In Nomine Domine +

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El Santo Padre ha redactado en estos días una Carta a las Conferencias Episcopales de grandísima importancia. Esta es referida a un pecado que ya se ha tornado en costumbre, por no decir vicio, de muchas comunidades: el uso del Santo Nombre de Dios en vano. Esto no es solamente el jurar por Él, sino su habitualidad ó uso vulgar en cualquier tipo de oración ó lectura. Basta recordar que en el Uso Extraordinario del Rito Latino el celebrante Reza "Adiutorium Nostrum in Nomine Domine", reafirmando que en aquel Sagrado Nombre se halla encerrada nuestra esperanza. Despreciarlo es semejante al desprecio a la Santa Eucaristía, que es la mayor y más terrible muestra de odio a Dios y falta de Caridad. Todo Amor Verdadero procede del Amor a Dios, y es el pecado contra el Amor de Dios, el único que no tiene ni tendrá jamás perdón... el pecado contra la luz.
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Ad Maiorem Dei Gloriam +
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Ramón López
Juventutem de Argentina
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(Traducción extraída del blog
Secretum Meum Mihi)
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CONGREGATIO DE CULTU DIVINO
ET DISCIPLINA SACRAMENTORUM
Prot. N. 213/08/L
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Carta a las Conferencias Episcopales
sobre “el Nombre de Dios”

Su Eminencia / Su Excelencia:
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Por directiva del Santo Padre, en acuerdo con la Congregación para la Doctrina de la Fe, esta Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos considera conveniente comunicar a las Conferencias Episcopales lo siguiente acerca de la traducción y la pronunciación, en los actos litúrgicos, del Nombre Divino significado en el sagrado tetragrammaton, junto con un número de directivas.
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I — Exposición:
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1. Las palabras de la Sagrada Escritura contenidas en el Antiguo y en el Nuevo Testamento expresan la verdad que trasciende los límites impuestos por el tiempo y el espacio. Son la Palabra de Dios expresada en palabras humanas y, por medio de estas palabras de vida, el Espíritu Santo introduce a los fieles al conocimiento de la verdad completa y entera y así la Palabra de Cristo llega a morar en los fieles en toda su riqueza (cf. Jn 14, 26; 16, 12-15). Para que la Palabra de Dios, escrita en los textos sagrados, pueda ser conservada y transmitida en una forma íntegra y fiel, cada traducción moderna de los libros de la Biblia apunta a ser una transposición fiel y exacta de los textos originales. Tal esfuerzo literario requiere que el texto original sea traducido con la máxima integridad y exactitud, sin omisiones o adiciones en lo que respecta a los contenidos, y sin introducir glosas explicatorias o paráfrasis que no pertenezcan al mismo texto sagrado.
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En lo relativo al Nombre Sagrado de Dios Mismo, los traductores deben usar de la mayor fidelidad y respeto. En particular, como afirma la Instrucción Liturgiam Authenticam (nº 41):
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Según una tradición inmemorial recibida, que ya aparece en la citada versión “Septuaginta”, el nombre de Dios omnipotente, expresado en hebreo con el tetragrammaton, y traducido en latín con lña palabra Dominus, se debe traducir en cualquier lengua vernácula, con una palabra de significado equivalente. [iuxta traditionem ab immemorabili receptam, immo in (...) versione «LXX virorum» iam perspicuam, nomen Dei omnipotentis, sacro tetragrammate hebraice expressum, latine vocabulo «Dominus», in quavis lingua populari vocabulo quodam eiusdem significationis reddatur.”]
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No obstante la existencia de una norma tan clara, en los últimos años se ha introducido la práctica de pronunciar el Nombre propio del Dios de Israel, conocido como el Santo o Divino tetragrammaton, escrito con cuatro consonantes del alfabeto hebreo יהוה, YHWH. La práctica de vocalizarlo se da tanto en la lectura de los textos bíblicos tomados del Leccionario como en las oraciones e himnos y ocurre en diversas formas escritas y habladas, por ejemplo “Yahweh”, “Yahwè”, “Jahweh”, “Jahwè”, “Jave”, “Jehovah,” etc. Es pues nuestra intención, con la presente carta, exponer algunos hechos esenciales que subyacen en la ariba mencionada norma y establecer algunas directivas para que sean observadas en esta materia.
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2. La venerable tradición bíblica de la Sagrada Escritura, conocida como el Antiguo Testamento, muestra una serie de denominaciones divinas entre las cuales está el Nombre Sagrado de Dios revelado en el tetragrammaton YHWH (יהוה). Como expresión de la Infinita Grandeza y Majestad de Dios, se consideraba impronunciable y por esto fue reemplazada durante la lectura de la Sagrada Escritura por medio del uso de un Nombre alternativo: “Adonai,” que significa “Señor.”
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La traducción griega del Antiguo Testamento, la así llamada Septuaginta que data de los últimos siglos previos a la era cristiana, traduce regularmente el tetragrammaton Hebreo con la palabra griega Kyrios, que significa “Señor.” Dado que el texto de la Septuaginta constituyó la Biblia de la primera generación de los Cristianos Grecoparlantes, en cuya lengua fueron también escritos todos los libros del Nuevo Testamento, desde el principio, estos Cristianos, también, desde el principio nunca pronunciaron el divino tetragrammaton. Algo similar sucedió también con los Cristianos Latinoparlantes, cuya literatura comenzó a emerger desde el siglo segundo, como primera la Vetus Latina y, después, la Vulgata de San Jerónimo testifican: en estas traducciones, tambien, el tetragrammaton regularmente fue reemplazado por la palabra latina “Dominus”, correspondientes tanto al hebreo Adonai como al griego Kyrios. Lo mismo se mantiene para la reciente Neo-Vulgata la cual la Iglesia emplea en la Liturgia.
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Este hecho ha tenido importantes implicaciones para la Cristología misma del Nuevo Testamento. Cuando, de hecho San Pablo con respecto a la Crucifixión, escribe que: “Dios lo exaltó y le dio el Nombre que está sobre todo nombre” (Flp 2, 9), no se refiere a otro nombre sino al de “Señor”, porque continúa él diciendo: “y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor” (Flp 2, 11; cf. Is 42, 8: “Yo Soy el Señor, ése es Mi Nombre”). La atribución de este título a Cristo Resucitado corresponde exactamente a la proclamación de Su Divinidad. El título de hecho llega a ser intercambiable entre el Dios de Israel y el Mesías de la fe Cristiana, aunque no es de hecho uno de los títulos usados para el Mesías de Israel. En el estricto sentido teológico, este título se encuentra, por ejemplo, ya en el primer Evangelio canónico (cf. Mt 1, 20: “El Ángel del Señor se apareció a José en un sueño”) y se ve como una regla de las citas del Antiguo Testamento en el Nuevo Testamento (cf. Hech 2, 20: “El sol se convertirá en tinieblas… antes que llegue el Día del Señor” (Joel 3, 4); 1Pedro 1, 25: “La Palabra del Señor permanece para siempre” (Is 40, 8)). Sin embargo, en el propio sentido cristológico, aparte del citado texto de Filipenses 2, 9-11, se puede recordar Romanos 10, 9 (“Si confiesas con tu boca que Jesucristo es el Señor, y crees en tu corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos, serás salvado”), 1 Corintios 2, 8 (“no hubieran crucificado al Señor de la gloria”), 1 Corintios 12, 3 (“Nadie puede decir ‘Jesús es el Señor’, si no está impulsado por el Espíritu Santo”), y la frecuente fórmula concerniente a los Cristianos que viven “en el Señor” (Rom 16, 2; 1Cor 7, 22; 1 Tes 3, 8; etc.).
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3. Evitar pronunciar el tetragrammaton del Nombre de Dios por parte de la Iglesia tiene por tanto sus propios fundamentos. Aparte de un motivo de un órden puramente filológico, está también aquel de permanecer fieles a la tradición de la Iglesia, desde el principio, el sagrado tetragrammaton nunca fue pronunciado en el contexto Cristiano ni traducido a ninguna de las lenguas en las que la Biblia fue traducida.
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II — Directivas
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A la luz de la que ha sido expuesto, han de observarse las siguientes directivas:
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1) En las celebraciones litúrgicas, en los cantos y oraciones el Nombre de Dios en la forma del tetragrammaton YHWH no ha de ser usado ni pronunciado.
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2) Para la traducción del texto bíblico en lenguas modernas, destinada al uso litúrgico de la Iglesia, lo ya ha sido prescrito por el nº. 41 de la Instrucción Liturgiam Authenticam debe seguirse; es decir, que el divino tetragrammaton ha de ser traducido por el equivalente de Adonai/Kyrios: “Lord”, “Signore”, “Seigneur”, “Herr”, “Señor”, etc.
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3) Al traducir, en el contexto litúrgico, textos en los cuales están presentes uno después del otro, sea el término Hebreo Adonai o el tetragrammaton YHWH, Adonai debe ser traducido “Señor” y la forma “Dios” se debe usar para el tetragrammaton YHWH, similar a lo que pasa en la traducción griega de la Septuaginta y en la traducción latina de la Vulgata.
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De la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, 29 de junio del 2008.
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+ Francis Card. Arinze
Prefecto
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+ Albert Malcolm Ranjith
Arzobispo Secretario.

12 agosto 2008

+La enseñanza del catecismo+



El siguiente texto correponde a uno de los tantos folletos que imprimía "El Propagador Cristiano" en los primeros años del siglo XX. Muchos de nuestros abuelos y bisabuelos, aprendieron por este medio la sana doctrina de la Santa Iglesia.

Es sorprendente constatar que después de 80 años, estos breves párrafos, no han dejado de tener vigencia. A pesar de la crudeza de sus palabras, no dejan de estar inflamadas de la más pura Verdad. He aquí el texto:

"Id y enseñad a todas las gentes, lo que de mi habéis aprendido", dijo Jesús en el momento de despedirse de este mundo a sus discípulos, consagrándolos catequistas o maestros de religión.

Conforme a este mandato vemos a los sacerdotes, con el catecismo en la mano y en el corazón enseñando las verdades de Jesucristo y llevando a los hombres por los senderos del bien, el amor y la santidad. Y como auxiliares de los sacerdotes vemos también a millares de abnegadas catequistas que en las parroquias y en las escuelas se dedican apostólicamente a la formación religiosa de los niños, modelando aquellas conciencias según las orientaciones que emanan de la ley de Dios.

¡Que grande es esta misión, la de enseñar la doctrina cristiana a los niños! Todo el porvenir de la Nación depende de la formación de las futuras generaciones. Si estas están educadas en el temor saludable de Dios, la Nación será fuerte, sana y vigorosa en cuerpo y alma; pero si los hombres se han acostumbrado a despreciar los dictámenes de la conciencia, serán atropelladores de todo orden y respeto. Sembrar la doctrina de Jesucristo y hacerla amar, este es el gran remedio de tantos males que vemos y lamentamos en la sociedad.

¡Oh padres y madres de familia! Si queréis cumplir con uno de los más sagrados deberes que Dios os ha impuesto. Si queréis ahorraros muchos y muy hondos pesares para el porvenir. Si queréis prepararos en los hijos de vuestras entrañas báculos para vuestra vejez y no verdugos que amarguen vuestra existencia y acorten vuestros días sobre la tierra, enseñadles o mandadlos al Catecismo. Allí junto con el amor de Dios se les enseñará a amar a sus padres y a todos sus superiores. Así formaréis de vuestros hijos buenos cristianos y ciudadanos rectos, que serán una esperanza para la Patria y para la Religión.

La juventud sin Dios

Las quejas son generales: la juventud de hoy da mucho que pensar. El hecho es desgraciadamente cierto. Pero lo es también la causa indicada; esto es, que ha preocupado mucho a los padres el ilustrar su inteligencia, pero no de formar su corazón.
Las escuelas sin Dios no pueden ni deben existir en las sociedades modernas, salvo que queramos volver al tiempo del oscurantismo y la barbarie.

Madres católicas, escuchad: El niño sin Dios llegará a ser un mal padre, un mal ciudadano, y un mal esposo, el primero de los impíos. El niño sin Dios, será un joven sin costumbres, un hombre sin conciencia, un anciano sin remordimiento, un moribundo sin esperanzas.

El niño sin Dios tendrá el orgullo por ídolo, a la concupiscencia por estímulo, a la envidia por tormento y a la lujuria por hábito.La gula aniquilará su cuerpo, la ira llenará su alma, la pereza lo hará retroceder ante el menor peligro o el más insignificante deber.

Obrero, el más pequeño trabajo lo desanimará. Criado, traicionará vuestros interesen en vez de velar por ellos. Soldado, abandonará a su gloriosa bandera. Magistrado, será incapaz de sostener con mano firme la balanza de la justicia. No permita el Cielo que llegue a tener dominio sobre nadie: ¡en el seno de su familia será un tirano y en el de la sociedad un verdugo!
Buenos Aires, Enero 19 de 1929, Puede imprimirse: Antonio Rocca, Vic.Gen.

Al finalizar esta lectura, surge en nosotros un sentido acto de contrición. ¡Nada hemos aprendido! Generaciones, y generaciones de cristianos, poco a poco, nos hemos apartado de la Santa Ley de Dios.

Nuestros sacerdotes han enmudecido en los púlpitos. Teólogos, religiosos, y maestros, cambiaron el trazo de sus plumas, olvidando la doctrina tradicional y el lenguaje sencillo para expresar la verdad. Los padres de familia han omitido dar ejemplo de piedad a sus hijos. Los niños y jóvenes han perdido la conciencia del pecado. Todos hemos relegado nuestra formación religiosa. Del mismo modo, redujimos la lectura espiritual y la oración a su más mínima expresión.¡El mundo nos ha hecho olvidar a Dios!

Los hijos de la Iglesia, debemos recuperar ese celo de los primeros cristianos, que los llevó a confesar su Fe hasta el martirio, para que otros también crean. El mismo celo, que inspiró a muchos otros a predicar, escribir y enseñar la Santa Doctrina de Jesucristo, para encaminar las Almas al Cielo.

Iesu Magister; Via, Veritas et Vita: miserere nobis.

Nichán Eduardo Guiridlian Guarino

08 agosto 2008

+ El magisterio de la Iglesia y el Latín +

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El magisterio de la Iglesia y el latín (versión Word) - Por el Pbro. Gabriel Díaz Patri - Cicerón: “No es tan admirable saber latín como vergonzoso ignorarlo”.
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EL MAGISTERIO DE LA IGLESIA Y EL LATÍN(Introducción al libro "Curso de latín eclesiático", ed. 1996)Por el Pbro. Gabriel Díaz Patri La lengua y literatura latinas han tenido durante siglos una indiscutida pre-eminencia en la formación cultural en todo occidente y sobre todo en la Iglesia latina de la que es lengua litúrgica.
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A partir del siglo pasado, al comenzar en el ámbito civil un progresivo desprecio por los estudios clásicos, se produjo un abandono gradual del estudio de la lengua latina que, según decía el SÍNODO DE PARÍS DE 1849, Discitur tardissime, celeritur didiscitur (se aprende con gran lentitud, se olvida con rapidez).
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Es en estas circunstancias que el Papa LEÓN XIII escribe a los obispos franceses: “Si desde muchos años ha los métodos pedagógicos vigentes en los establecimientos del estado reducen progresivamente el estudio de la lengua latina y suprimen los ejercicios en prosa y en verso que nuestros antepasados acertadamente juzgaban que debían hacer gran papel en los colegios, los Seminarios menores deben ponerse en guardia contra esas innovaciones, inspiradas por preocupaciones utilitarias y que redundan en detrimento de una sólida formación del espíritu.
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A estos antiguos métodos, tantas veces justificados por sus resultados, Nos aplicaríamos de buen grado la palabra de San Pablo a Timoteo y con el Apóstol os diríamos, Venerables hermanos: 'Guardad el depósito' con celoso cuidado. Si un día, lo que Dios no quiera, hubieran de excluirse totalmente de las escuelas públicas, que vuestros Seminarios menores y colegios libres los guarden con inteligente y patriótica solicitud; e imitaréis así a los sacerdotes de Jerusalén que, queriendo sustraer a los bárbaros invasores el fuego sagrado del Templo, lo escondieron de manera que pudiesen encontrarlo y devolverle todo su esplendor cuando los malos días hubiesen pasado (11 Mac. 1, 19.22) .
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En este siglo la situación, lejos de revertirse, se agrava; dado el abandono creciente de los estudios clásicos en los ambientes culturales modernos y su progresiva exclusión de los programas de estudios, se comenzó a cuestionar la conveniencia de su conservación también en el ámbito eclesiástico, donde el nivel asimismo había decaído sensiblemente. Esto provocó múltiples pronunciamientos y medidas de los Papas que, en términos semejantes, abogan firmemente por la conservación de la lengua de la Iglesia; entre éllos se destacan las palabras de Pío XI en su encíclica Officiorum omnium: “si en cualquier laico que tenga ciertas letras, la ignorancia de la lengua latina, a la cual podemos llamar verdaderamente católica, indica una cierta tibieza en el amor a la Iglesia, cuánto más todos los clérigos deberán ser suficientemente conocedores y peritos de esa lengua!”
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El mismo Pío XI fundará en 1924 un instituto de letras latinas en el Ateneo Gregoriano para la formación de los ayudantes o secretarios de la Curia Romana, de las Cancillerías episcopales o de los superiores religiosos que deben redactar decretos, sentencias o mantener comercio epistolar en un estilo latino que sea digno de la Iglesia, mentora de las más altas artes. También Pío XlI se ocupó del tema, y dirigiéndose a los estudiantes romanos les decía: “¡El latín! Lengua antigua, pero no muerta todavía; porque, si de su soberbio eco hace siglos que están mudos los derruidos anfiteatros, los famosos foros y los templos de los Césares, no callan las basílicas de Jesucristo, donde los sacerdotes del Evangelio y los herederos de los mártires repiten y vuelven a cantar las salmodias y los himnos de los primeros siglos en la lengua reconsagrada de los Quirites. Al presente la lengua de Roma es principalmente lengua sagrada, que resuena en los ritos divinos, en las aulas teológicas y en los documentos de la Sede Apostólica, y en la cual tantas veces vosotros mismos dirigís un dulce saludo a la Reina de los cielos, vuestra Madre, y a vuestro Padre que reina allá arriba.
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Pero el latín es también la llave que os abre las fuentes de la historia. Todo lo que ha llegado hasta nosotros del pasado romano y cristiano en inscripciones, en escritos y en libros, salvo parciales excepciones de los últimos siglos, casi todo viene revestido de la lengua latina ... Tampoco ignoramos la presente tendencia de la técnica, encaminada a prevalecer cada vez más sobre las ciencias especulativas.
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El peligro consistiría en que vosotros os enfrascaseis tan profundamente en el elemento material que perdieseis o debilitaseis el sentido de la cultura cristiana, riquísima en valores de verdad y de sabiduría, y completamente saturada de cuanto tenía la antigüedad de eternamente bueno. Pero semejante peligro será más fácilmente evitado, si vosotros estimáis digno de vuestros cuidados diligentes el haceros dueños también de la lengua latina.
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Bien basados en este conocimiento, estaréis en su día en disposición de preservar al pueblo de que llegue a ser cada vez más extraño al pensamiento y al espíritu de aquella civilización, mediante la cual sus antepasados se mantuvieron sólidamente arraigados en 1os principios de su Fe cristiana, durante más de quince siglos” .
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Pero será JUAN XXIII quien dedique un documento completo al tema: en su Constitución Apostólica Veterum sapientia del 22 de Febrero de 1962 defiende con una prolija argumentación (que retoma lo principal del magisterio de los papas anteriores) el estudio del latín. Ya antes había tocado el Pontífice el tema en algunos discursos pero Veterum Sapientia por su extensión y claridad constituye el principal documento sobre el tema, no sólo de Juan XXIII, sino del magisterio en general: por un lado se resumen y ordenan en ella los principales argumentos que habían utilizado sus predecesores y por otro este documento servirá de referencia para el magisterio posterior .
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Escribe el Papa esta Constitución Apostólica en un momento en que se había generalizado la discusión acerca de la utilidad del latín, y lo hace con el fin de aclarar su posición: “puesto que en nuestros días el uso del latín ha sido puesto en discusión en muchas partes y muchos se preguntan cuál es al respecto el pensamiento de la Sede Apostólica hemos decidido proveer oportunas normas, enunciadas en este solemne documento, para que el antiguo ininterrumpido uso de la lengua latina sea mantenido y donde hubiese caído en abandono, sea plenamente restablecido”. También está compuesta en el clima de preparación del Concilio; la restauración de los estudios clásicos era para Juan XXIII de fundamental para la restauración de la Iglesia que quería emprender.
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El Papa la consideraba de extraordinaria impor-tancia . Comienza el documento destacando la excelencia y los méritos de la cultura greco-romana: como reconocieron los Padres y Doctores de la Iglesia. la sabiduría de la antigüedad encerrada en la literatura de griegos y romanos y del mismo modo las profundas enseñanzas de los pueblos antiguos pueden considerarse como una aurora que preanuncia el Evangelio que el Hijo de Dios ha anunciado en la tierra, y constituyen una cierta preparación de los ánimos a reabrir las divinas riquezas que Jesucristo en la economía de la plenitud de los tiempos comunicó a los hombres: “es por ello que con la introducción del Cristianismo en el mundo, nada se perdió de cuanto los siglos precedentes habían producido de verdadero, de justo, de noble, de bello”.
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Por esto la Iglesia tiene siempre en sumo honor estos venerandos documentos de sabiduría y “sobre todo las lenguas griega y latina que son como la áurea veste de la sabiduria misma”. Ciertamente la Iglesia ha acogido además otras venerables lenguas orientales de uso antiguo, ininterrumpido y vivo; sin embargo "en esta variedad de lenguas sobresale sin duda aquella que, nacida en el Lacio, se convierte luego en admirable instrumento para la propagación del Cristianismo en occidente.
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Luego que, ciertamente no sin una especial providencia de Dios, esta lengua, que había por muchos siglos reunido tantos pueblos bajo la autoridad del Imperio Romano, se convirtió en la lengua propia de la Sede Apostólica y, conservada a la posteridad, ha reunido entre sí con estrecho vínculo de unidad los pueblos cristianos de Europa. Esta lengua es, por su misma naturaleza, perfectamente adaptada para promo-ver toda forma de cultura en cualquier pueblo, sin suscitar celos por su neutralidad; por otra parte no hay que olvidar su conformación y propiedad noble, un estilo conciso, variado, armonioso, lleno de majestad y dignidad que incita de modo singular a la precisión y a la gravedad.
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Es por esto que, al decir del Papa, la Santa Sede ha velado con amor y celo por conservar la lengua latina en el ejercicio de su sagrado magisterio y por hacérsela usar a sus ministros sagrados, quienes pueden de este modo conocer directamente todo lo que proviene de la Santa Sede y comunicarse más libremente con ella y entre sí.
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Por lo tanto el pleno conocimiento y el uso fluido de esta lengua, tan íntimamente unida a la vida de la Iglesia, interesan a la religión aún más que a la cultura y las letras. Según Pío XI son tres las cualidades que la hacen de modo especial adaptada a la naturaleza de la Iglesia: “En efecto, la .Iglesia, que agrupa en su seno a todas las naciones, que está destinada a perdurar hasta la consumación de los siglos, necesita, por su misma naturaleza, una lengua universal, inmutable y no vulgar”; JUAN XXlll las explica así: universal para facilitar la comunicación de las Iglesias con su cabeza, la Iglesia Romana, que tiene potestad ordinaria e inmediata tanto sobre todas las Iglesias cuanto sobre todos y cada uno de los Pastores y fieles; inmutable “porque si las verdades de la Iglesia Católica estuvieran confiadas a algunas o a muchas de las mutables lenguas modernas de las cuales ninguna tuviese más autoridad que otra, ocurriría ciertamente que, varias como son, no sería para muchos manifiesto con suficiente precisión y claridad el sentido de tales verdades y, por otra parte no habría una lengua que sirviese de norma común y constante sobre la cual regular el sentido exacto de las otras lenguas.
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Ahora bien, la lengua latina, sustraída ya hace siglos a las variaciones de significado que el uso cotidiano suele introducir en los vocablos, se debe considerar fijada e invariable dado que los nuevos significados de algunas palabras latinas, requeridos por el desarrollo, la explicación y la defensa de las verdades cristianas, están ya desde hace largo tiempo determinadas de modo estable”. Por último, puesto que la Iglesia Católica ha sido fundada por Nuestro Señor Jesucristo, supera en gran manera en dignidad a todas las sociedades humanas, por eso es justo que se sirva de una lengua no vulgar, sino llena de nobleza y majestad. Por otra parte dice el Papa que la lengua latina (a la cual llama con Pío XI “Lengua Católica”), estando consagrada por el constante uso que ha hecho de ella la Sede Apostólica ha de considerarse, como dice Pío XII, “Un tesoro de incomparable valor” y, según León XIII, es “una puerta que pone en contacto directo con las verdades cristianas transmitidas por la tradición y con los documentos de la enseñanza de la Iglesia”; es en fin un vínculo eficacísimo que liga asombrosamente el tiempo presente de la Iglesia con la Iglesia de ayer y de mañana.
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Destaca por último el Papa la eficacia formativa del latín: no hay nadie que pueda poner en duda la especial eficacia que tienen ya sea la lengua latina ya, en general, la cultura humanística en el desarrollo y la formación de las tiernas mentes de los jóvenes.
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Ella, pues, cultiva, madura, perfecciona las mejores facultades del espíritu: agudiza la mente, da el poder de juzgar, consolida las jóvenes inteligencias para que puedan abrazar y apreciar con exactitud cada cosa; y en fin enseña a pensar y hablar con sumo orden. Por todo esto, concluye el Papa, se comprenderá por qué tan frecuentemente los Romanos Pontífices han no sólo exaltado la importancia y la excelencia de la lengua latina sino que también han prescripto su estudio y uso a los ministros sagrados denunciando claramente los peligros que se derivan de su abandono:
“Son desgraciadamente muchos los que llevados en manera desproporcionada por el extraordinario progreso de las ciencias, quieren eliminar o reducir el estudio del latín y de otras disciplinas del mismo género. Pero justamente por esta misma necesidad creemos que hay que seguir el camino contrario: como lo que más se imprime en el alma es aquello que es más digno de la naturaleza y dignidad del hombre, se debe buscar con más ardor lo que ennoblece y adorna el alma, no sea que los pobres mortales, a semejanza de las máquinas que fabrican. queden fríos, duros y faltos de amor”.
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Por fin, en la segunda parte del documento el Papa dará normas concretas para lograr el deseado restablecimiento:
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1) Insta a los Obispos y superiores de Órdenes religiosas a que provean para que los estudiantes de sus seminarios o escuelas se muestren todos en este punto dóciles a la voluntad de la Sede Apostólica y se atengan escrupulosamente a estas prescripciones.
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2) Dice que los Obispos y superiores “velarán con paternal solicitud para que ninguno de sus subordinados, por afición a la novedad, se exprese en contra de la lengua latina, ya sea en la enseñanza de las ciencias sagradas, ya sea en los ritos sagrados, o bien para que, movidos por prejuicios, no atenúe la voluntad de la Sede Apostólica sobre ese punto o altere su sentido.
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3) Dispone que antes de comenzar los estudios propiamente eclesiásticos los as-pirantes al sacerdocio “sean con sumo cuidado instruidos en la lengua latina por profe-sores sumamente expertos, con método apto y por una congrua duración de tiempo” de modo que se evite que una vez llegados a las disciplinas superiores no puedan, por una cul-pable ignorancia del latín, comprenderlas plenamente. Lo mismo regirá para las vocaciones adultas. “Ninguno pues deberá ser admitido al estudio de las disciplinas filosóficas o teológicas si antes no ha estado plenamente instruido en esta lengua y no posea su uso”.
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4) Si en algún país el estudio de la lengua latina hubiera sufrido de algún modo disminuciones con daño de la verdadera y sólida formación por haber asimilado las escuelas eclesiásticas los programas de estudio de las públicas, quiere el Papa que sea allí enteramente restaurado el tradicional puesto reservado a la enseñanza de esta lengua; deben persuadirse todos que también en este punto es necesario tutelar escrupulosamente las exigencias propias de la formación de los futuros sacerdotes, no sólo en lo que mira al número y la calidad de las materias, sino también en lo que concierne al tiempo que ha de atribuirse a su enseñanza.
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5) Afirma que “las principales disciplinas sagradas, como ha sido mandado tantas veces, deben ser enseñadas en latín, lengua que, por el uso multisecular, sabemos que es muy apta para explicar con facilidad y singular claridad las más sutiles y difíciles nociones acerca de la naturaleza de las cosas; porque, además de ser, por largos siglos, enrique-cida con vocablos propios y bien definidos, utilizados para mantener íntegro el depósito de la fe católica, es asimismo muy eficaz para evitar la superflua verbosidad, Por esto quienes en la universidad o en los seminarios enseñan estas disciplinas están obligados a hablar en latín y a servirse de textos escritos en latín. De modo que si por ignorancia de la lengua latina. no pueden cumplir convenientemente estas prescripciones de la Santa Sede sean poco a poco substituidos por otros profesores más idóneos. Las dificultades que puedan venir de parte, ya sea de los alumnos, ya sea de los profesores, deben ser superadas tanto por la firme voluntad de los Obispos y superiores religiosos, como por la dócil y buena voluntad de los maestros.
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6) Para adecuar la lengua latina, “lengua viva de la Iglesia”, a las necesidades lingüisticas crecientes cada día y enriquecerla con nuevos vocablos propios controlando el ordenado desarrollo de la lengua, se crea el Pontificio Instituto Académico de la Lengua Latina. De éste dependerán escuelas de latín en las cuales se formarán aquellos destinados ya sea a enseñarlo en seminarios o colegios eclesiásticos, ya sea a escribir decretos, senten-cias y cartas en los dicasterios de la Santa Sede, en las Curias Episcopales y en las oficinas de las órdenes religiosas.
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7) Dada la estrecha ligazón que existe entre la lengua latina y la griega también deben los futuros ministros del altar ser instruidos en las escuelas inferiores y medias a fin de que, cuando estudien las disciplinas superiores (sobre todo si aspiran a los grados académicos en Sagrada Escritura y Teología) puedan acceder y comprender. no sólo las fuentes griegas de la Filosofia Escolástica, sino también los textos originales de la Sagrada Escritura, de la Liturgia y de los Santos Padres griegos.
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8) Se manda a la Congregación de los Estudios que prepare un Ordenamiento de los estudios en latín.
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9) Concluye finalmente el documento con estas solemnes palabras: “Cuanto hemos con esta constitución establecido, decretado, ordenado e intimado, queremos y mandamos con nuestra autoridad que quede todo definitivamente firme y sancionado y que ninguna otra prescripción, concesión o uso, aun digno de especial mención, tenga vigor en contra”.
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El único punto relacionado con el papel del latín en la Iglesia que no toca el Papa en la Constitución Apostólica es el del uso de la lengua latina en la Liturgia, pero el pensamiento Pontificio sobre este asunto había sido claramente explicitado poco tiempo antes en la Epístola Iucunda laudatio dirigida al Presidente del Pontificio Instituto de Música Sacra: “Nos complace sumamente el hecho de que en ese Instituto se cultive, con exquisita solicitud y con arreglo a las normas prescritas, el debido respeto dc la lengua latina en la liturgia solemne y que se asuma su defensa; esta lengua, en efecto, a más de los otros méritos que le son propios, indisolublemente ligada como se halla a las sagradas melodías de la Iglesia Romana, viene a ser un signo manifiesto y espléndido de unidad. Lengua augusta y venerable, maternal para los hijos de la Iglesia, por su misma índole se ajusta a las cadencias musicales, grave y armoniosa, modeladora en sus incorruptibles palabras de tesoros de verdad y de piedad, acogida en la Sagrada Liturgia en virtud de un uso legítimo e ininterrumpido, es necesario que en ella continúe ocupando el lugar soberano que le corresponde por muchos títulos ...” y aunque los cantos populares en lengua vulgar son fuente de no poca utilidad espiritual, “sin embargo constituirá siempre un sagra-do deber el que en la liturgia solemne, tanto de las más ilustres basílicas como de las más humildes iglesias del campo, la lengua latina haga valer su cetro real su noble imperio”. Poco tiempo después de publicada Veterum sapientia, la SAGRADA CONGREGACIÓN DE SEMINARIOS Y ESTUDIOS UNIVERSITARIOS da a conocer el ordenamiento pedido en el número 8) de su segunda parte. En este documento, que comienza con las palabras Sacrum latinae linguae depositum, habla de la restauración de esta lengua propia de la Iglesia y perpetuamente unida a su vida, en su antiguo lugar de gloria y honor, querida por el Papa, y advierte que no son pocas las dificultades y el trabajo que esta instauración tan importante y necesaria conlleva, dadas las circunstancias actuales y la infeliz condición en que habían caído los estudios y él uso de la lengua latina; sin embargo la vida y la fe cristiana nos enseñan a no ser vencidos por las dificultades, sino vencerlas cuando hay algo arduo pero noble y necesa-rio que alcanzar - At vero non difficultatibus vinci, sed eas vincere nos docet vita fidesque christiana, ubi ardui aliquid, sed nobile el necessarium, est assequendum … Nos enseña además la historia de la Iglesia que no hay remedio rápido a las dificultades en tanto que no se esté persuadido de su necesidad y no esté presente la voluntad pronta y dócil de todos (en especial de los sagrados ministros) de obtenerlo.
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Lo cual prueba abundantemente la misma vida de la lengua latina, pues estuvo postrada muchas veces, como oprimida por la iniquidad de los tiempos, pero nuevamente floreció, siempre renovada, al defenderla solícitamente y sostenerla esforzadamente la misma Iglesia en su totalidad como a un patrimonio común, santo y digno de veneración. Pudo ser instaurada muchas veces, cuando estaba aún más postrada que en nuestro tiempo: después de la barbarie merovingia, pudo serlo por Pepino y Carlomagno al clarear el siglo IX; pudo nuevamente, en el siglo XII, resurgir más alto aún y convertirse en un admirable vehículo de la Filosofía y la Teología; pudo, sobre todo en los siglos XV y XVI renacer y ser elevada con tal perfección que parecería que nos había sido devuelta la época de Cicerón y Augusto.
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Puede, por lo tanto, ser restaurada también ahora si se da el debido tiempo a este estudio y se le reservan las partes más importantes del plan de estudios, para que no quede sepultada y como sofocada por tantas materias que pululan en las escuelas públicas; si la manera de enseñar se aproxima más a aquella que nos transmitió la antigüedad, de tal modo que se disponga el uso de hablar y escribir en latín; si se designan para esta tarea maestros bien preparados, expertos en el conocimiento y uso de la lengua latina provistos de dotes pedagógicas, y hasta traídos de lugares distantes (como consta que fue hecho con frecuencia por los instauradores de la latinidad); si e1 ejercicio de la lengua latina continúa en privado y en cursos especiales también durante los estudios eclesiásticos superiores, y el uso de esta len-gua prescripto aquí se observa religiosamente; si se pone en enseñarla y aprenderla todo el cuidado, la habilidad, la alegría, que suelen y deben tenerse en las cosas de máxima importancia y valor; si, por fin, se mira al sumo bien de la Iglesia y se atiende a la cierta y firme voluntad de los Sumos Pontífices y se la sigue con obediencia pronta y el debido obsequio”. Muerto Juan XXIll, su sucesor Pablo VI en la carta apostólica Summi Dei verbum del 14-11-63 sobre la formación de los seminaristas insiste en que sin duda debe formar parte del patrimonio cultural del joven sacerdote un suficiente conocimiento de las diversas lenguas, en primer lugar de la latina, sobre todo si se trata de los sacerdotes de rito latino .
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Todas estas disposiciones, sin embargo, no tuvieron el acatamiento deseado. Entre otras cosas era evidente una gran dificultad: la escasez de maestros a la altura de la misión que había de encomendárseles. Por este motivo el Papa PABLO VI funda por e1 Motu proprio Studia Latinitatis del 22 de Febrero de 1964 el Pontificio Instituto de Alta Latinidad deseado por Juan XXllI en Veterum Sapientia II parte, nº 6 con el fin de que “sea un auxilio a la Sede Apostólica en todas aquellas cosas que parezcan ayudar eficazmente al incremento de la lengua latina en la Iglesia”. Dice allí: “Siempre fue firme convicción de los Sumos Pontífices que el estudio de la lengua latina y de las lenguas antiguas va indisolublemente unido a la instrucción y formación de los jóvenes encaminados al sacerdocio, y sobre este argumento han publicado importantes y graves documentos, tanto en el pasado como en nuestros días ... ” entre los que destaca la Constitución Veterum Sapientia.
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Poco después, durante el CONCILIO VATICANO II, cuya lengua oficial, por voluntad expresa del Sumo Pontífice, fue desde las sesiones preparatorias el latín, se vuelve a tratar el tema. En el decreto Optatam totius (28-10-65) sobre la formación sacerdotal, se dice: “Antes de que los seminaristas emprendan los estudios propiamente eclesiásticos deben poseer una formación humanística y científica semejante a la que necesitan los jóvenes de su nación para iniciar los estudios superiores, y deben, además, adquirir tal conocimiento de la lengua latina que puedan entender y usar las fuentes de tantas ciencias y los documentos de la Iglesia.
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Ha de tenerse como necesario en cada rito el estudio de la lengua litúrgica propia y debe comentarse el estudio de las lenguas de la Sagrada Escritura y la tradición”. Sin embargo, el tema más discutido durante las sesiones conciliares fue el del uso de esta lengua en la liturgia. Finalmente, el Concilio se expresa así en el texto definitivamente aprobado : “Se observará el uso de la lengua latina en los ritos latinos, salvo derecho particular” y, aunque se pueda dar cabida a la lengua vernácula , “procúrese, sin embargo, que los fieles sean capaces también de recitar o cantar juntos en latín las partes del ordinario de la Misa que les corresponde” .
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También aquí los documentos posteriores confirman y explicitan el uso litúrgico del latín. En la Instrucción general Inter Oecumenici del 26/9/64, para aplicar debidamente la Constitución Sacrosanctum Concilium, se dice que en la recitación del Oficio Divino los clérigos están obligados a usar la lengua latina a tenor de Sacrosanctum Concilium N. 100; el Ordinario puede dispensar de esta obligación para casos particulares en los que el uso de la lengua latina resulta un grave impedimento (considerada la condición física, moral, intelectual y espiritual del que la solicitc) para poder rezar debidamente el Oficio, sin pretender en modo alguno derogar la obligación que tiene todo sacerdote de rito latino de aprender la lengua latina. Es por eso que los Breviarios en lengua vulgar que utilicen aquellos que obtuvieron esta dispensa deberán tener, junto a la traducción vernácula, el texto latino .
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El 23 de Noviembre de 1965 la SAGRADA CONGREGACIÓN DE RITOS dio a conocer la instrucción In edicendis normis acerca de la lengua a usarse en el Oficio divino