.El magisterio de la Iglesia y el latín (versión Word) - Por el Pbro. Gabriel Díaz Patri - Cicerón: “No es tan admirable saber latín como vergonzoso ignorarlo”.
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EL MAGISTERIO DE LA IGLESIA Y EL LATÍN(Introducción al libro "Curso de latín eclesiático", ed. 1996)Por el Pbro. Gabriel Díaz Patri La lengua y literatura latinas han tenido durante siglos una indiscutida pre-eminencia en la formación cultural en todo occidente y sobre todo en la Iglesia latina de la que es lengua litúrgica.
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A partir del siglo pasado, al comenzar en el ámbito civil un progresivo desprecio por los estudios clásicos, se produjo un abandono gradual del estudio de la lengua latina que, según decía el SÍNODO DE PARÍS DE 1849, Discitur tardissime, celeritur didiscitur (se aprende con gran lentitud, se olvida con rapidez).
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.Es en estas circunstancias que el Papa LEÓN XIII escribe a los obispos franceses: “Si desde muchos años ha los métodos pedagógicos vigentes en los establecimientos del estado reducen progresivamente el estudio de la lengua latina y suprimen los ejercicios en prosa y en verso que nuestros antepasados acertadamente juzgaban que debían hacer gran papel en los colegios, los Seminarios menores deben ponerse en guardia contra esas innovaciones, inspiradas por preocupaciones utilitarias y que redundan en detrimento de una sólida formación del espíritu.
.A estos antiguos métodos, tantas veces justificados por sus resultados, Nos aplicaríamos de buen grado la palabra de San Pablo a Timoteo y con el Apóstol os diríamos, Venerables hermanos: 'Guardad el depósito' con celoso cuidado. Si un día, lo que Dios no quiera, hubieran de excluirse totalmente de las escuelas públicas, que vuestros Seminarios menores y colegios libres los guarden con inteligente y patriótica solicitud; e imitaréis así a los sacerdotes de Jerusalén que, queriendo sustraer a los bárbaros invasores el fuego sagrado del Templo, lo escondieron de manera que pudiesen encontrarlo y devolverle todo su esplendor cuando los malos días hubiesen pasado (11 Mac. 1, 19.22) .
.En este siglo la situación, lejos de revertirse, se agrava; dado el abandono creciente de los estudios clásicos en los ambientes culturales modernos y su progresiva exclusión de los programas de estudios, se comenzó a cuestionar la conveniencia de su conservación también en el ámbito eclesiástico, donde el nivel asimismo había decaído sensiblemente. Esto provocó múltiples pronunciamientos y medidas de los Papas que, en términos semejantes, abogan firmemente por la conservación de la lengua de la Iglesia; entre éllos se destacan las palabras de Pío XI en su encíclica Officiorum omnium: “si en cualquier laico que tenga ciertas letras, la ignorancia de la lengua latina, a la cual podemos llamar verdaderamente católica, indica una cierta tibieza en el amor a la Iglesia, cuánto más todos los clérigos deberán ser suficientemente conocedores y peritos de esa lengua!”
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.El mismo Pío XI fundará en 1924 un instituto de letras latinas en el Ateneo Gregoriano para la formación de los ayudantes o secretarios de la Curia Romana, de las Cancillerías episcopales o de los superiores religiosos que deben redactar decretos, sentencias o mantener comercio epistolar en un estilo latino que sea digno de la Iglesia, mentora de las más altas artes. También Pío XlI se ocupó del tema, y dirigiéndose a los estudiantes romanos les decía: “¡El latín! Lengua antigua, pero no muerta todavía; porque, si de su soberbio eco hace siglos que están mudos los derruidos anfiteatros, los famosos foros y los templos de los Césares, no callan las basílicas de Jesucristo, donde los sacerdotes del Evangelio y los herederos de los mártires repiten y vuelven a cantar las salmodias y los himnos de los primeros siglos en la lengua reconsagrada de los Quirites. Al presente la lengua de Roma es principalmente lengua sagrada, que resuena en los ritos divinos, en las aulas teológicas y en los documentos de la Sede Apostólica, y en la cual tantas veces vosotros mismos dirigís un dulce saludo a la Reina de los cielos, vuestra Madre, y a vuestro Padre que reina allá arriba.
.Pero el latín es también la llave que os abre las fuentes de la historia. Todo lo que ha llegado hasta nosotros del pasado romano y cristiano en inscripciones, en escritos y en libros, salvo parciales excepciones de los últimos siglos, casi todo viene revestido de la lengua latina ... Tampoco ignoramos la presente tendencia de la técnica, encaminada a prevalecer cada vez más sobre las ciencias especulativas.
.El peligro consistiría en que vosotros os enfrascaseis tan profundamente en el elemento material que perdieseis o debilitaseis el sentido de la cultura cristiana, riquísima en valores de verdad y de sabiduría, y completamente saturada de cuanto tenía la antigüedad de eternamente bueno. Pero semejante peligro será más fácilmente evitado, si vosotros estimáis digno de vuestros cuidados diligentes el haceros dueños también de la lengua latina.
.Bien basados en este conocimiento, estaréis en su día en disposición de preservar al pueblo de que llegue a ser cada vez más extraño al pensamiento y al espíritu de aquella civilización, mediante la cual sus antepasados se mantuvieron sólidamente arraigados en 1os principios de su Fe cristiana, durante más de quince siglos” .
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Pero será JUAN XXIII quien dedique un documento completo al tema: en su Constitución Apostólica Veterum sapientia del 22 de Febrero de 1962 defiende con una prolija argumentación (que retoma lo principal del magisterio de los papas anteriores) el estudio del latín. Ya antes había tocado el Pontífice el tema en algunos discursos pero Veterum Sapientia por su extensión y claridad constituye el principal documento sobre el tema, no sólo de Juan XXIII, sino del magisterio en general: por un lado se resumen y ordenan en ella los principales argumentos que habían utilizado sus predecesores y por otro este documento servirá de referencia para el magisterio posterior .
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Escribe el Papa esta Constitución Apostólica en un momento en que se había generalizado la discusión acerca de la utilidad del latín, y lo hace con el fin de aclarar su posición: “puesto que en nuestros días el uso del latín ha sido puesto en discusión en muchas partes y muchos se preguntan cuál es al respecto el pensamiento de la Sede Apostólica hemos decidido proveer oportunas normas, enunciadas en este solemne documento, para que el antiguo ininterrumpido uso de la lengua latina sea mantenido y donde hubiese caído en abandono, sea plenamente restablecido”. También está compuesta en el clima de preparación del Concilio; la restauración de los estudios clásicos era para Juan XXIII de fundamental para la restauración de la Iglesia que quería emprender.
.El Papa la consideraba de extraordinaria impor-tancia . Comienza el documento destacando la excelencia y los méritos de la cultura greco-romana: como reconocieron los Padres y Doctores de la Iglesia. la sabiduría de la antigüedad encerrada en la literatura de griegos y romanos y del mismo modo las profundas enseñanzas de los pueblos antiguos pueden considerarse como una aurora que preanuncia el Evangelio que el Hijo de Dios ha anunciado en la tierra, y constituyen una cierta preparación de los ánimos a reabrir las divinas riquezas que Jesucristo en la economía de la plenitud de los tiempos comunicó a los hombres: “es por ello que con la introducción del Cristianismo en el mundo, nada se perdió de cuanto los siglos precedentes habían producido de verdadero, de justo, de noble, de bello”.
.Por esto la Iglesia tiene siempre en sumo honor estos venerandos documentos de sabiduría y “sobre todo las lenguas griega y latina que son como la áurea veste de la sabiduria misma”. Ciertamente la Iglesia ha acogido además otras venerables lenguas orientales de uso antiguo, ininterrumpido y vivo; sin embargo "en esta variedad de lenguas sobresale sin duda aquella que, nacida en el Lacio, se convierte luego en admirable instrumento para la propagación del Cristianismo en occidente.
.Luego que, ciertamente no sin una especial providencia de Dios, esta lengua, que había por muchos siglos reunido tantos pueblos bajo la autoridad del Imperio Romano, se convirtió en la lengua propia de la Sede Apostólica y, conservada a la posteridad, ha reunido entre sí con estrecho vínculo de unidad los pueblos cristianos de Europa. Esta lengua es, por su misma naturaleza, perfectamente adaptada para promo-ver toda forma de cultura en cualquier pueblo, sin suscitar celos por su neutralidad; por otra parte no hay que olvidar su conformación y propiedad noble, un estilo conciso, variado, armonioso, lleno de majestad y dignidad que incita de modo singular a la precisión y a la gravedad.
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Es por esto que, al decir del Papa, la Santa Sede ha velado con amor y celo por conservar la lengua latina en el ejercicio de su sagrado magisterio y por hacérsela usar a sus ministros sagrados, quienes pueden de este modo conocer directamente todo lo que proviene de la Santa Sede y comunicarse más libremente con ella y entre sí.
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Por lo tanto el pleno conocimiento y el uso fluido de esta lengua, tan íntimamente unida a la vida de la Iglesia, interesan a la religión aún más que a la cultura y las letras. Según Pío XI son tres las cualidades que la hacen de modo especial adaptada a la naturaleza de la Iglesia: “En efecto, la .Iglesia, que agrupa en su seno a todas las naciones, que está destinada a perdurar hasta la consumación de los siglos, necesita, por su misma naturaleza, una lengua universal, inmutable y no vulgar”; JUAN XXlll las explica así: universal para facilitar la comunicación de las Iglesias con su cabeza, la Iglesia Romana, que tiene potestad ordinaria e inmediata tanto sobre todas las Iglesias cuanto sobre todos y cada uno de los Pastores y fieles; inmutable “porque si las verdades de la Iglesia Católica estuvieran confiadas a algunas o a muchas de las mutables lenguas modernas de las cuales ninguna tuviese más autoridad que otra, ocurriría ciertamente que, varias como son, no sería para muchos manifiesto con suficiente precisión y claridad el sentido de tales verdades y, por otra parte no habría una lengua que sirviese de norma común y constante sobre la cual regular el sentido exacto de las otras lenguas.
.Ahora bien, la lengua latina, sustraída ya hace siglos a las variaciones de significado que el uso cotidiano suele introducir en los vocablos, se debe considerar fijada e invariable dado que los nuevos significados de algunas palabras latinas, requeridos por el desarrollo, la explicación y la defensa de las verdades cristianas, están ya desde hace largo tiempo determinadas de modo estable”. Por último, puesto que la Iglesia Católica ha sido fundada por Nuestro Señor Jesucristo, supera en gran manera en dignidad a todas las sociedades humanas, por eso es justo que se sirva de una lengua no vulgar, sino llena de nobleza y majestad. Por otra parte dice el Papa que la lengua latina (a la cual llama con Pío XI “Lengua Católica”), estando consagrada por el constante uso que ha hecho de ella la Sede Apostólica ha de considerarse, como dice Pío XII, “Un tesoro de incomparable valor” y, según León XIII, es “una puerta que pone en contacto directo con las verdades cristianas transmitidas por la tradición y con los documentos de la enseñanza de la Iglesia”; es en fin un vínculo eficacísimo que liga asombrosamente el tiempo presente de la Iglesia con la Iglesia de ayer y de mañana.
.Destaca por último el Papa la eficacia formativa del latín: no hay nadie que pueda poner en duda la especial eficacia que tienen ya sea la lengua latina ya, en general, la cultura humanística en el desarrollo y la formación de las tiernas mentes de los jóvenes.
.Ella, pues, cultiva, madura, perfecciona las mejores facultades del espíritu: agudiza la mente, da el poder de juzgar, consolida las jóvenes inteligencias para que puedan abrazar y apreciar con exactitud cada cosa; y en fin enseña a pensar y hablar con sumo orden. Por todo esto, concluye el Papa, se comprenderá por qué tan frecuentemente los Romanos Pontífices han no sólo exaltado la importancia y la excelencia de la lengua latina sino que también han prescripto su estudio y uso a los ministros sagrados denunciando claramente los peligros que se derivan de su abandono:
“Son desgraciadamente muchos los que llevados en manera desproporcionada por el extraordinario progreso de las ciencias, quieren eliminar o reducir el estudio del latín y de otras disciplinas del mismo género. Pero justamente por esta misma necesidad creemos que hay que seguir el camino contrario: como lo que más se imprime en el alma es aquello que es más digno de la naturaleza y dignidad del hombre, se debe buscar con más ardor lo que ennoblece y adorna el alma, no sea que los pobres mortales, a semejanza de las máquinas que fabrican. queden fríos, duros y faltos de amor”.
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Por fin, en la segunda parte del documento el Papa dará normas concretas para lograr el deseado restablecimiento:
.1) Insta a los Obispos y superiores de Órdenes religiosas a que provean para que los estudiantes de sus seminarios o escuelas se muestren todos en este punto dóciles a la voluntad de la Sede Apostólica y se atengan escrupulosamente a estas prescripciones.
.2) Dice que los Obispos y superiores “velarán con paternal solicitud para que ninguno de sus subordinados, por afición a la novedad, se exprese en contra de la lengua latina, ya sea en la enseñanza de las ciencias sagradas, ya sea en los ritos sagrados, o bien para que, movidos por prejuicios, no atenúe la voluntad de la Sede Apostólica sobre ese punto o altere su sentido.
.3) Dispone que antes de comenzar los estudios propiamente eclesiásticos los as-pirantes al sacerdocio “sean con sumo cuidado instruidos en la lengua latina por profe-sores sumamente expertos, con método apto y por una congrua duración de tiempo” de modo que se evite que una vez llegados a las disciplinas superiores no puedan, por una cul-pable ignorancia del latín, comprenderlas plenamente. Lo mismo regirá para las vocaciones adultas. “Ninguno pues deberá ser admitido al estudio de las disciplinas filosóficas o teológicas si antes no ha estado plenamente instruido en esta lengua y no posea su uso”.
.4) Si en algún país el estudio de la lengua latina hubiera sufrido de algún modo disminuciones con daño de la verdadera y sólida formación por haber asimilado las escuelas eclesiásticas los programas de estudio de las públicas, quiere el Papa que sea allí enteramente restaurado el tradicional puesto reservado a la enseñanza de esta lengua; deben persuadirse todos que también en este punto es necesario tutelar escrupulosamente las exigencias propias de la formación de los futuros sacerdotes, no sólo en lo que mira al número y la calidad de las materias, sino también en lo que concierne al tiempo que ha de atribuirse a su enseñanza.
.5) Afirma que “las principales disciplinas sagradas, como ha sido mandado tantas veces, deben ser enseñadas en latín, lengua que, por el uso multisecular, sabemos que es muy apta para explicar con facilidad y singular claridad las más sutiles y difíciles nociones acerca de la naturaleza de las cosas; porque, además de ser, por largos siglos, enrique-cida con vocablos propios y bien definidos, utilizados para mantener íntegro el depósito de la fe católica, es asimismo muy eficaz para evitar la superflua verbosidad, Por esto quienes en la universidad o en los seminarios enseñan estas disciplinas están obligados a hablar en latín y a servirse de textos escritos en latín. De modo que si por ignorancia de la lengua latina. no pueden cumplir convenientemente estas prescripciones de la Santa Sede sean poco a poco substituidos por otros profesores más idóneos. Las dificultades que puedan venir de parte, ya sea de los alumnos, ya sea de los profesores, deben ser superadas tanto por la firme voluntad de los Obispos y superiores religiosos, como por la dócil y buena voluntad de los maestros.
.6) Para adecuar la lengua latina, “lengua viva de la Iglesia”, a las necesidades lingüisticas crecientes cada día y enriquecerla con nuevos vocablos propios controlando el ordenado desarrollo de la lengua, se crea el Pontificio Instituto Académico de la Lengua Latina. De éste dependerán escuelas de latín en las cuales se formarán aquellos destinados ya sea a enseñarlo en seminarios o colegios eclesiásticos, ya sea a escribir decretos, senten-cias y cartas en los dicasterios de la Santa Sede, en las Curias Episcopales y en las oficinas de las órdenes religiosas.
.7) Dada la estrecha ligazón que existe entre la lengua latina y la griega también deben los futuros ministros del altar ser instruidos en las escuelas inferiores y medias a fin de que, cuando estudien las disciplinas superiores (sobre todo si aspiran a los grados académicos en Sagrada Escritura y Teología) puedan acceder y comprender. no sólo las fuentes griegas de la Filosofia Escolástica, sino también los textos originales de la Sagrada Escritura, de la Liturgia y de los Santos Padres griegos.
.8) Se manda a la Congregación de los Estudios que prepare un Ordenamiento de los estudios en latín.
.9) Concluye finalmente el documento con estas solemnes palabras: “Cuanto hemos con esta constitución establecido, decretado, ordenado e intimado, queremos y mandamos con nuestra autoridad que quede todo definitivamente firme y sancionado y que ninguna otra prescripción, concesión o uso, aun digno de especial mención, tenga vigor en contra”.
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El único punto relacionado con el papel del latín en la Iglesia que no toca el Papa en la Constitución Apostólica es el del uso de la lengua latina en la Liturgia, pero el pensamiento Pontificio sobre este asunto había sido claramente explicitado poco tiempo antes en la Epístola Iucunda laudatio dirigida al Presidente del Pontificio Instituto de Música Sacra: “Nos complace sumamente el hecho de que en ese Instituto se cultive, con exquisita solicitud y con arreglo a las normas prescritas, el debido respeto dc la lengua latina en la liturgia solemne y que se asuma su defensa; esta lengua, en efecto, a más de los otros méritos que le son propios, indisolublemente ligada como se halla a las sagradas melodías de la Iglesia Romana, viene a ser un signo manifiesto y espléndido de unidad. Lengua augusta y venerable, maternal para los hijos de la Iglesia, por su misma índole se ajusta a las cadencias musicales, grave y armoniosa, modeladora en sus incorruptibles palabras de tesoros de verdad y de piedad, acogida en la Sagrada Liturgia en virtud de un uso legítimo e ininterrumpido, es necesario que en ella continúe ocupando el lugar soberano que le corresponde por muchos títulos ...” y aunque los cantos populares en lengua vulgar son fuente de no poca utilidad espiritual, “sin embargo constituirá siempre un sagra-do deber el que en la liturgia solemne, tanto de las más ilustres basílicas como de las más humildes iglesias del campo, la lengua latina haga valer su cetro real su noble imperio”. Poco tiempo después de publicada Veterum sapientia, la SAGRADA CONGREGACIÓN DE SEMINARIOS Y ESTUDIOS UNIVERSITARIOS da a conocer el ordenamiento pedido en el número 8) de su segunda parte. En este documento, que comienza con las palabras Sacrum latinae linguae depositum, habla de la restauración de esta lengua propia de la Iglesia y perpetuamente unida a su vida, en su antiguo lugar de gloria y honor, querida por el Papa, y advierte que no son pocas las dificultades y el trabajo que esta instauración tan importante y necesaria conlleva, dadas las circunstancias actuales y la infeliz condición en que habían caído los estudios y él uso de la lengua latina; sin embargo la vida y la fe cristiana nos enseñan a no ser vencidos por las dificultades, sino vencerlas cuando hay algo arduo pero noble y necesa-rio que alcanzar - At vero non difficultatibus vinci, sed eas vincere nos docet vita fidesque christiana, ubi ardui aliquid, sed nobile el necessarium, est assequendum … Nos enseña además la historia de la Iglesia que no hay remedio rápido a las dificultades en tanto que no se esté persuadido de su necesidad y no esté presente la voluntad pronta y dócil de todos (en especial de los sagrados ministros) de obtenerlo.
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Lo cual prueba abundantemente la misma vida de la lengua latina, pues estuvo postrada muchas veces, como oprimida por la iniquidad de los tiempos, pero nuevamente floreció, siempre renovada, al defenderla solícitamente y sostenerla esforzadamente la misma Iglesia en su totalidad como a un patrimonio común, santo y digno de veneración. Pudo ser instaurada muchas veces, cuando estaba aún más postrada que en nuestro tiempo: después de la barbarie merovingia, pudo serlo por Pepino y Carlomagno al clarear el siglo IX; pudo nuevamente, en el siglo XII, resurgir más alto aún y convertirse en un admirable vehículo de la Filosofía y la Teología; pudo, sobre todo en los siglos XV y XVI renacer y ser elevada con tal perfección que parecería que nos había sido devuelta la época de Cicerón y Augusto.
.Puede, por lo tanto, ser restaurada también ahora si se da el debido tiempo a este estudio y se le reservan las partes más importantes del plan de estudios, para que no quede sepultada y como sofocada por tantas materias que pululan en las escuelas públicas; si la manera de enseñar se aproxima más a aquella que nos transmitió la antigüedad, de tal modo que se disponga el uso de hablar y escribir en latín; si se designan para esta tarea maestros bien preparados, expertos en el conocimiento y uso de la lengua latina provistos de dotes pedagógicas, y hasta traídos de lugares distantes (como consta que fue hecho con frecuencia por los instauradores de la latinidad); si e1 ejercicio de la lengua latina continúa en privado y en cursos especiales también durante los estudios eclesiásticos superiores, y el uso de esta len-gua prescripto aquí se observa religiosamente; si se pone en enseñarla y aprenderla todo el cuidado, la habilidad, la alegría, que suelen y deben tenerse en las cosas de máxima importancia y valor; si, por fin, se mira al sumo bien de la Iglesia y se atiende a la cierta y firme voluntad de los Sumos Pontífices y se la sigue con obediencia pronta y el debido obsequio”. Muerto Juan XXIll, su sucesor Pablo VI en la carta apostólica Summi Dei verbum del 14-11-63 sobre la formación de los seminaristas insiste en que sin duda debe formar parte del patrimonio cultural del joven sacerdote un suficiente conocimiento de las diversas lenguas, en primer lugar de la latina, sobre todo si se trata de los sacerdotes de rito latino .
.Todas estas disposiciones, sin embargo, no tuvieron el acatamiento deseado. Entre otras cosas era evidente una gran dificultad: la escasez de maestros a la altura de la misión que había de encomendárseles. Por este motivo el Papa PABLO VI funda por e1 Motu proprio Studia Latinitatis del 22 de Febrero de 1964 el Pontificio Instituto de Alta Latinidad deseado por Juan XXllI en Veterum Sapientia II parte, nº 6 con el fin de que “sea un auxilio a la Sede Apostólica en todas aquellas cosas que parezcan ayudar eficazmente al incremento de la lengua latina en la Iglesia”. Dice allí: “Siempre fue firme convicción de los Sumos Pontífices que el estudio de la lengua latina y de las lenguas antiguas va indisolublemente unido a la instrucción y formación de los jóvenes encaminados al sacerdocio, y sobre este argumento han publicado importantes y graves documentos, tanto en el pasado como en nuestros días ... ” entre los que destaca la Constitución Veterum Sapientia.
.Poco después, durante el CONCILIO VATICANO II, cuya lengua oficial, por voluntad expresa del Sumo Pontífice, fue desde las sesiones preparatorias el latín, se vuelve a tratar el tema. En el decreto Optatam totius (28-10-65) sobre la formación sacerdotal, se dice: “Antes de que los seminaristas emprendan los estudios propiamente eclesiásticos deben poseer una formación humanística y científica semejante a la que necesitan los jóvenes de su nación para iniciar los estudios superiores, y deben, además, adquirir tal conocimiento de la lengua latina que puedan entender y usar las fuentes de tantas ciencias y los documentos de la Iglesia.
.Ha de tenerse como necesario en cada rito el estudio de la lengua litúrgica propia y debe comentarse el estudio de las lenguas de la Sagrada Escritura y la tradición”. Sin embargo, el tema más discutido durante las sesiones conciliares fue el del uso de esta lengua en la liturgia. Finalmente, el Concilio se expresa así en el texto definitivamente aprobado : “Se observará el uso de la lengua latina en los ritos latinos, salvo derecho particular” y, aunque se pueda dar cabida a la lengua vernácula , “procúrese, sin embargo, que los fieles sean capaces también de recitar o cantar juntos en latín las partes del ordinario de la Misa que les corresponde” .
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También aquí los documentos posteriores confirman y explicitan el uso litúrgico del latín. En la Instrucción general Inter Oecumenici del 26/9/64, para aplicar debidamente la Constitución Sacrosanctum Concilium, se dice que en la recitación del Oficio Divino los clérigos están obligados a usar la lengua latina a tenor de Sacrosanctum Concilium N. 100; el Ordinario puede dispensar de esta obligación para casos particulares en los que el uso de la lengua latina resulta un grave impedimento (considerada la condición física, moral, intelectual y espiritual del que la solicitc) para poder rezar debidamente el Oficio, sin pretender en modo alguno derogar la obligación que tiene todo sacerdote de rito latino de aprender la lengua latina. Es por eso que los Breviarios en lengua vulgar que utilicen aquellos que obtuvieron esta dispensa deberán tener, junto a la traducción vernácula, el texto latino .
.El 23 de Noviembre de 1965 la SAGRADA CONGREGACIÓN DE RITOS dio a conocer la instrucción In edicendis normis acerca de la lengua a usarse en el Oficio divino